Una estrategia digital que no puedes evaluar no es una estrategia

Como saber si tu estrategia digital lo es de verdad
Todo plan digital parece razonable hasta que preguntas por qué va en ese orden. Te explicamos las cuatro preguntas que separan una estrategia de una lista de tareas bien presentada.
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Si desde dirección pides una estrategia digital, no puedes conformarte con recibir un calendario de acciones. Tienes que recibir la lógica que sostiene esas acciones. Y esa es la parte que casi nunca llega.

No porque el trabajo esté mal hecho. Las acciones que te presentan pueden estar bien elegidas, bien presupuestadas y bien ejecutadas. El problema es que falta la decisión previa que las convierte en estrategia, que es decidir qué se digitaliza, en qué orden y por qué ese orden y no otro. Sin esa decisión, lo que tienes delante es un inventario de cosas que se pueden hacer.

Una estrategia digital que no puedes evaluar no es una estrategia. Es una lista de tareas con buena presentación. Y la diferencia importa porque una lista se aprueba por confianza en quien la trae, mientras que una estrategia se aprueba por criterio propio. Lo que sigue es ese criterio, en forma de cuatro cosas que puedes exigir antes de firmar nada.

Del cronograma táctico al criterio directivo

El patrón se repite. Alguien de dirección plantea que hay que ordenar la parte digital del negocio. Se convoca a un proveedor, a una agencia o al equipo interno. Y lo que vuelve es un documento con canales, herramientas, plazos y cifras de inversión. Todo correcto. Todo verificable. Y aun así, imposible de evaluar desde dirección, porque el documento responde a preguntas de ejecución y tú tienes preguntas de negocio.

La razón es sencilla. Sin una decisión previa sobre qué problema se está resolviendo, cualquier propuesta parece razonable. Si nadie ha establecido que lo urgente es que el equipo comercial deje de perder oportunidades por falta de seguimiento, entonces rediseñar la web, abrir un canal nuevo y automatizar el envío de correos son tres propuestas igual de defendibles. Las tres se pueden justificar. Ninguna se puede comparar con las otras.

Ahí es donde dirección pierde capacidad de juicio. No por desconocimiento técnico, sino porque te piden que valides una secuencia sin haberte explicado la lógica de esa secuencia. Y validar sin lógica es delegar la estrategia mientras se firma el gasto.

La lógica del despliegue exige ordenar antes de crecer

Lo primero que puedes exigir no es la lista. Es el orden. Y la pregunta que lo pone a prueba es también la más incómoda para quien presenta la propuesta.

Si la respuesta explica una dependencia, hay criterio detrás. Ordenar la información de clientes antes de automatizar el seguimiento comercial tiene una lógica evidente, porque automatizar sobre datos desordenados multiplica el desorden en lugar de corregirlo. Medir antes de invertir en captación tiene la misma lógica, porque sin medición la inversión se evalúa por sensación. Es el mismo principio que sostiene MITKORE,  el modelo con el que trabajamos, para ordenar antes de crecer.

Si la respuesta es que se ha empezado por lo más rápido, por lo más visible o por lo que el equipo ya sabía hacer, entonces el orden es intercambiable. Y un orden intercambiable es la señal más clara de que no hay estrategia. Se puede mover el punto tres al punto uno sin que nada se rompa, porque no hay nada construido entre uno y otro.

La prueba es fácil de aplicar en una reunión. Coge el plan, cambia el orden de dos bloques en voz alta y pregunta qué consecuencia tendría. Si la respuesta es que ninguna, ya sabes qué tienes delante.

Alineación con el modelo de negocio

Lo segundo que puedes exigir es la conexión con tu modelo de negocio. Toda propuesta digital debería poder responder qué cambia en la forma de ganar dinero de la empresa si se ejecuta. No qué cambia en el tráfico, ni en la tasa de apertura, ni en la posición de una búsqueda. Qué cambia en cómo se capta, cómo se convierte, cómo se entrega y cómo se retiene.

Cuando la respuesta se queda en el nivel del canal o de la herramienta, la decisión se está tomando por debajo del nivel de dirección. Eso no la invalida, pero sí la clasifica. Es una decisión operativa que puede tomar quien gestiona ese canal, y no necesita ocupar una reunión de dirección ni un porcentaje relevante del presupuesto anual.

La distinción tiene consecuencias prácticas. Una empresa con un ciclo de venta largo y consultivo y otra que vende recurrente a base instalada no deberían recibir la misma propuesta digital, aunque operen en el mismo sector. Si la propuesta que te presentan podría entregarse casi igual a un competidor con un modelo distinto, no está conectada con tu negocio. Está conectada con las capacidades de quien la propone.

Una pregunta que separa bastante bien es esta. Si esto sale exactamente como está previsto, ¿qué línea de la cuenta de resultados se mueve y en cuánto tiempo? La respuesta no tiene que ser exacta. Tiene que existir.

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Si no defines el éxito antes de empezar cualquier dato parecerá bueno

Lo tercero llega antes de arrancar o no llega. Los indicadores se eligen en el momento de la decisión, porque cuando se definen después se selecciona lo que ha salido bien y se presenta como resultado. Ahí el informe deja de ser una herramienta de dirección y pasa a ser una defensa del trabajo hecho, algo de lo que ya hablamos al tratar la analítica como base para decidir.

Exigir la medición antes de empezar cambia el equilibrio de la conversación. Obliga a quien propone a comprometerse con una expectativa, y te obliga a ti a decidir qué consideras un buen resultado, que suele ser la parte más difícil de fijar y la que más se salta. Muchas empresas descubren en ese momento que no tienen respuesta, y esa falta de respuesta ya es información valiosa.

Conviene además fijar el plazo junto al indicador. Un indicador sin horizonte temporal no se puede evaluar nunca, porque siempre queda la posibilidad de que mejore el mes siguiente. Y conviene aceptar de antemano qué se hará si el número no llega. Sin esa conversación, ningún proyecto digital se detiene, solo se prolonga.

Saber qué no hacer es la prueba definitiva de criterio estratégico

Lo cuarto es la renuncia. Una propuesta que no renuncia a nada no ha priorizado. Ha inventariado.

Este es probablemente el punto que más rápido distingue una estrategia de una lista, y el más fácil de comprobar. Pregunta qué se ha descartado y qué razonamiento llevó a descartarlo. Si la respuesta menciona cosas que se harán más adelante, eso no es renuncia, es aplazamiento. Renunciar es decir que algo no se va a hacer en este ciclo porque hacerlo restaría atención o recursos a lo que sí importa.

La renuncia tiene además un efecto interno que se subestima. Cuando dirección comunica qué no se va a hacer, los equipos dejan de gastar energía en defender sus prioridades particulares y empiezan a trabajar sobre las mismas. El coste de no renunciar rara vez aparece en el presupuesto, pero aparece siempre en el calendario.

Cuatro preguntas para la próxima reunión

En este orden, aplicadas a cualquier propuesta que llegue a tu mesa.

  1. Por qué este bloque va antes que el siguiente y qué pasaría si los intercambiamos 
  2. Qué cambia en nuestra forma de captar, convertir o retener si esto se ejecuta como está previsto 
  3. Qué indicador vamos a mirar, en qué plazo y qué haremos si no se cumple 
  4. Qué hemos decidido no hacer este año y por qué

Ninguna exige conocimiento técnico. Las cuatro exigen que quien propone haya pensado antes de proponer. Y esa es exactamente la información que necesitas para decidir si tienes delante una estrategia o una factura bien organizada.

Si quieres trabajar la estrategia digital de tu empresa con este nivel de criterio desde el principio, en Orbetec partimos siempre de la decisión previa antes de entrar en cualquier ejecución. Puedes ver cómo lo planteamos en nuestro servicio de dirección estratégica para Pymes.

Imanol Zubikarai

Director Técnico y Estrategia Digital en Orbetec

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